viernes, 20 de marzo de 2015

La España del siglo XXI tiene los mismos protagonistas que aquella España que llamaban imperial. Es la razón de estos poemas que siguen: Lazarillo, Ya les vale y En Quevedo. Es el triste resultado de modificar sin cambiar nada desde siempre en este pobre pais. Y así seguirá por la cobardía e indolencia del pueblo español, propenso siempre a echar las culpas a otros para obviar su propia responsabilidad.Escribe Reverte en su ultima novela Hombres buenos "que en la España del siglo XVIII pesaban no sólo la Iglesia, sino las tradiciones y la apatía. La sociedad misma. En un lugar donde los nobles no pagaban los impuestos, donde el trabajo se consideraba una maldición y donde daba lustre no ejercer trabajos mecánicos, la tendencia natural era la indolencia y el rechazo a cuanto pudiera cambiar las cosas".
 Los mismos contenidos para esta España que sigue con las  mañas de siempre: modificar alguna esencia para no cambiar lo de siempre: el reparto de la riqueza, la tolerancia y el respeto.

  YA LES VALE

¡Bárbaros de chocolate!…  ¡Ya les vale!. Suaves cual pelusa y
con  ideas sin palabra, caminan a la sombra contra la esperanza
sin identidad. Aprovechan la penumbra y las maquetas
para llegar a los cimientos y socavar, qué ironía, la firmeza
de la convicción: ladrones con los dedos de millón, son liebres
tras los podencos en  la justicia de  papel: ministros del señor,
visten de armiño  la codicia  para succionar la sangre
de la confianza, en bandeja de plata por amor: el voto
de la pobreza   y los hijos de la necesidad: nosotros,
los Pedro Rojas, hombres de viento y  hambres de papel.

¡Ya les vale y ya está bien!  Vestigios de la Historia,
ánimas y fantasmas de almidón, golfos, nos robasteis
la dignidad cuando un fuese y no hubo nada, campea
en  canción de manada de lobos que husmean  la carnaza
en sus correrías por almas y plazas de España.

¡Ya os vale, próceres sin condición, padres falsos
de la patria. Sois la vergüenza con nombre  por cuatro
rubias  de nada,  calderilla en pesetas  que son limosnas
del pobre de ayer, hoy y de  mañana: el tiempo que os corroe,
como el oro, las entrañas. Pillos sin patrimonio, hijos
pródigos, indignos hijos de España, cuánta miseria
aportáis para vivir como dios, en la mierda  de la casta.   

                                                                  

LAZARILLO


¡Aquel niño! Aprendiz de español, prófugo de la inocencia y
fruto de la maldad que engendra la miseria y  el hambre de sus amos,
 recorres España , la historia y sus puntos cardinales, las trochas
de las mentiras  fruto de la mezquindad en el camino a la madurez.
Mi Lázaro, Lazarillo, hurgas las entrañas de los vampiros
cuando tras el ansia infantil, recabas su vesania, la inquina y
avaricia como madre de sus almas: juguetes  insaciables, son
padres del expolio, succionan en silencio la sangre, rotos
por la pasión.  Perros de presa para el silencio que vive en la cruz
del día sin pan sin  centeno  en el hielo sin amor, son hijos
del euro sin dolor, ajenos al cinismo  de la vida y sus partos
con plegarias  de impotencia: saben de la ropa oscura que viste
la democracia cuando nos llega el halo de tu inocencia.

Ya ni el calor de la cama para tanta deshonra como nos peina
cuando nos hablan de impuestos, sonrisas  y lágrimas: flácidos
en sus partes por tanto gozo en las sisas, pavonean sus mentiras
como simples escuderos que limpian, cánidos, la sonrisa con
el polvo de sus creencias: matamos a  la gente y ande yo caliente. 

Nos queda, sin embargo, tu espíritu de lucha, sin recursos que arañar,
para sostener la dignidad. Y  del ámbito en suerte que nos
 toca vivir,  son cuatro ríos y diez picachos con cuatro árboles
quienes acogen los sorbos del cáliz que nos ofrece la rabia
por la indecencia del Rajoy y su corte de pícaros, grajos
sin color y familia: dráculas del dolor en la historia que se repite,
por siempre para siempre, en el alma con tu nombre, Lázaro:
he aquí a tus hijos, úngenos de paz y cómete, por dios, las uvas de la ira. 


                                          En Quevedo.



          … y no halle cosa en qué poner los ojos


Todo es corrupción y belleza en las ruinas de
la inteligencia: olisquear  el proceso que propicia el silencio
cuando los muros pierden los dientes por la edad
 y la flacidez de las encías, es regocijo de la tiranía:
el camino más corto para el nepotismo de la mentira,
 la ruta del poder que se alimenta del miedo  y
 la indiferencia. ¡Tanta anatomía para un esqueleto
que se muere por la acción de los deshielos
que convoca tanta ruindad  como gobierna
la historia de este país, España, con alma de lapin.!

Sin sombras en los campos, trillados por la necedad y
su imaginación, el cuerpo de la miseria con el nombre
de Caín ramonea en los brotes que son fuegos y
almas en tiempos de Torquemada: esbirro de la piedad,
despojos y cárcel  son las cuentas de su rosario.

Siempre fugitivos, ahogados por el aire y la palabra,
con raíz en la impotencia que marchita  los
paisajes y sus horizontes, frontera de la nada,
hacemos torva la mirada y en campana de cristal,
vivimos  un circo de lágrimas  con  carpa de cínicos
que hacen suya la madre y maestra mía, la triste,
espaciosa España: terracota mal cocida por el fuego
del futuro que nace sin pasado  y carece de mañana.



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