sábado, 27 de mayo de 2017

Como en la vida de las personas, lo que aflora a la superficie es un efecto muy simple de todos los mundos infinitos que habitan tanto el alma del hombre como
los silencios de la tierra. Tal el color verde, sin más.  



El verde y los ojos de las nubes.
                          Muchos días me engarza al paisaje
                  la luz como un anillo a una esmeralda.
                                                             R.Alberti.
Todas en común, lloran tu nombre  porque todas en común
saben de los silencios imprescindibles para  los tonos  de tu ensoñación.
Todas en común hacen, con el viento y las palabras,  
lágrimas que serán  cosecha  cuando el silencio ponga en cada
árbol, su hijo, tantos pespuntes de primavera
como la madre ardiente en deseos con el niño
recién parido; la madre, contra el tiempo   o indiferente
al ámbito y su condición,  es   rueca de incontrolables hilvanes,
como las nubes y en común, el alma de un qué será
único e incontestable,  cientos y miles, millones, tantos
como lágrimas en verde, en los caballitos de la brisa del amor.

Como  el  mar y un dislocado  amarillo, saltarín y en soledad,
asoma el deseo y busca un azulón  para el verde sumergido en las aguas del tiempo,
ajeno al recuerdo y lejos del olvido: ese imperceptible manto
que hace de la vista  la alegría  del vivir. Esa imagen del día
que arroba mis sentidos y recuerda tan profundas diferencias
 cual  tentáculo  del amor. Sean fresnos, robles o castaños,
mis álamos y su invisible y temblón abrazo, tan esperado,
todos hacen del verde y las nubes  imágenes de vida, sus ojos y
las  estampas de agua que hacen de los nombres  anclas y las  manos del mar,
a las espaldas, a pecho abierto hasta el polvo enamorado.  

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