lunes, 11 de julio de 2016


¡Cuántas veces, con  los mismos andares, hacemos el  camino que es un trazado desde tiempos inmisericordes! Pero un día, tal vez recogidos por el frío de marzo en nuestro corazón, un detalle de color o de brisa, nos detiene y obliga a encontrar en la vereda esas florecillas anónimas y delicadas pero nunca frágiles, que todos los años están en el mismo espacio en el mismo tiempo, sin importarles en absoluto el humor del dios Crono. Por el contrario, es posible que nosotros no tengamos asegurada nuestra presencia al año siguiente, cuando ellas, con toda seguridad, nos esperen  para repetir el encuentro. He ahí la diferencia por la lección que nos dan. 


Mil flores

                   Contraelegía:
                                  JE. Pacheco

                                                            Para JA. Ordoñez.

Esta lengua de fuego, el camín de Ramoniz, contra el tiempo
y la esperanza, hijos de las sombras, la humedad , la rutina y el olvido,
rompe el otoño y me lleva del corazón a la tristeza
cuando hago abstracción y los ocres son alma sin la chispa
de la primavera: echo de menos los pasos de entonces y sus flores
con fatiga de lluvias y de  invierno. Y  me llega al alma  
la  obligación del  retorno y sus contoneos pese a la quietud.
 Siempre las mismas en el tiempo y sus espacios,
 más que nombres, son chispas de la vida, la sangre
contra el temor de haber sido y  contra el terror del
no repetir,   como ellas, la seguridad  del volver.


¡Esta lengua de fuego, ¡ay!, el camín de Ramoniz!.

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