lunes, 25 de julio de 2016

Te alegran la vida sin eufemismos ni las trapacerías propias de los engreídos o sofisticados;  y hasta donde pueden, resisten las embestidas de la desidia, el abandono o la indiferencia. Son especial anti climas y sin afectación, nos ofrecen siempre presencia y, cuando los dejan,  la sonrisa del color, su bien más preciado. Mis geranios, la planta de la mano humilde, amorosa y trabajada.   



Mis geranios


¡Tanta belleza por la sencillez  y por el aroma que bebe
de la mano el sorbo del color! Contra el tiempo y sus inclemencias,
son  la luz,  la sal y la vida de las miradas que buscan, en ansias,
 las bocanadas de la bienvenida, la  delicadeza, por el silencio,
de quienes los miran en la peana, con indiferencia.

Impasibles por el vestido, cualquiera en su vida, toda la fuerza
en su  alma es para  el tacto,  en el secreto de la palabra
afable y su ronroneo contra el olvido, el raptor de la vida. Martillean,
nunca a deshora, en los ojos que  los viven en el amor; y
obligan , firmes , al encuentro de hoy para mañana  y siempre,
mientras un aliento nunca sea o distancia o muerte
contra el olvido. No patalean, no gritan, no lloran ni imploran
a quienes patalean y gritan y lloran e imploran contra el vacio
de la  nada; se dejan,  si dignos o tal vez altaneros, morir en el ocre  
y su  desamor; nunca al descuido, saben del hombre y su condición.

Hacen del día la  casa encendida; su luz  es la mía con la presencia,
y su espera es el peldaño a una esperanza,  el precio de la soledad.
Son los brazos del  alma que obligan al mimo y la ternura
que habitan mi corazón. Son los que  hacen mi nombre sufrible
por la  vida y  por la respuesta al capricho de mi desazón. Son

mis geranios, sin fisuras,  amigos como la sombra, y sin condición.

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