miércoles, 12 de abril de 2017

Libre, por fin, de tus oscuras palabras y de la  obscena presencia, esta invitación a la alegría. 




INVITACIÓN 
Es la hora de amar la soledad. Es la hora -yo soy mío-  del bosque encendido.
                                                                                                     Antonio Rigo.

Entre el follaje  y las sombras llenas de luz que me arrojan
en  brazos del  canto de  los emboscados  en robles y castaños
protegidos contra el nombre  y la vida,  por el sonido.
Y por  la brisa que  alivia con su frescura, en el corazón,
la victoria de la quietud tras, previas, tantas derrotas.  Entonces,
por todo y un poco más,  con rasguños del dolor y sus rescoldos,
del pasado, nada es   tiempo  cual sujeto   que se enroca ,
pasivo, en los pliegues  de mi alma:  son  ámbito y placer
 los dientes de(l) león,  rabiosos en el verde,  
que hacen de mis pasos redundancias de  imágenes  
cuando  llega quien  desea el tacto de mis palabras:
 tímida, se reboza  Cálida en el polvo y me rodea  con sus maullidos
 la cintura de los  sentidos. Y mientras, en la higuera, es envidia
 el cerezo  embriagado  por la sazón del color
en el  paladar. Abro, entonces, mis sentidos a la razón
y hago música con las cuerdas del corazón, una sinfonía:
 mis árboles son  alma de los pájaros  que  hablan
 de los ojos de Dios, hijo de las estrellas y de la infinidad;
 aletean   para llegar conmigo  al  mañana  y decirme,
con las hojas hechas  violín, que  sus notas de suave
crepuscular, serán siempre y mañana, con esperanza y
convencimiento,  la fuerza  del nombre  en  la rueda del vivir.  

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